Jugar y moverse, una combinación saludable por Sergio Verón

Juego, movimiento y experiencia se asocian para que la infancia pueda alcanzar un crecimiento integral y lograr una vida saludable. El 28 de mayo se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Juego.

La conexión saludable entre juego y movimiento
“El juego necesita condiciones particulares de placer, aventura, descubrimiento, y riesgo. Esto está conectado con el movimiento, que es una de las condiciones más problemáticas para los niños de hoy, que no pueden salir de casa sin adultos. Y con un adulto que me acompaña yo no puedo jugar, porque el juego necesita no sólo movimiento, sino también libertad. Es decir, necesita un movimiento libre y esto es una de las experiencias básicas de la infancia”

La Convención de los Derechos del Niño reconoce al juego como un derecho de la infancia.  El artículo 31 señala: “el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”. Por ese motivo, cada 28 de mayo se celebra el Día Internacional del juego, para concientizar sobre sus características como actividad saludable y placentera.

Juego y movimiento corporal son en la infancia actos integrados, producen alegría, permiten el encuentro con otros, incrementan la confianza, proporcionan conocimiento de todo tipo (biológico, matemático, lingüístico, literario, químico, físico, corporal, etc.) y promueven mejoras en las funciones motoras y cognitivas, entre otras dimensiones.

En Argentina sabemos que 5,5 millones de niños, niñas y adolescentes (6 de cada 10) no realizan actividad física o deportiva extraescolar. Está en línea con que el 55% de la población del país (22,5 millones de personas) es sedentaria, esto es, que no desarrolla actividad física adecuada a su edad (30 minutos diarios para los adultos, 60 para niños y adolescentes). Sin embargo, en ese contexto, surge un dato alentador: las infancias que poseen una bicicleta o patines en su casa juegan más al aire libre (al menos 40 minutos diarios) que aquellas que no tienen. “Hay situaciones u objetos que promueven el juego activo y al aire libre” explica el boletín del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia “Oportunidades para el juego en movimiento”, publicado a fines de 2015 por la Universidad Católica Argentina (UCA), en relación a esta situación.

“Aproximadamente el 60% de las infancias urbanas cuenta con un bicicleta o un par de patines en el hogar -describe el mismo trabajo-. Si se examina el déficit de juego al aire libre (“menos de 40 minutos diarios” más “déficit severo”, que son aquellos chicos que “no es habitual que jueguen al aire libre), se observa que aquellos niños y niñas de entre 5 y 12 años que no tienen bicicleta o patines presentan un déficit mayor (52,4%,) que quienes sí tienen (42,5%)”.

También indica que “es interesante resaltar que esta diferencia entre quienes tienen y quienes no, se localiza casi exclusivamente en el déficit severo. Podría decirse, entonces, que la bici o los patines son un factor interviniente en el hecho de salir a jugar por sobre el hecho de la cantidad de tiempo que se juega”.
Si se desglosa el apartado “déficit severo”, los que no tienen bici o patines representan un 20,6%, contra un 12,9% de los que sí tienen. Es decir, que estos dos elementos reducen un 7,7% la cantidad de chicos que no salen a jugar al aire libre.

“Cuando se controla por nivel socioeconómico se verifica nuevamente que el ‘déficit severo’ es el componente que varía ante la presencia de bicicleta o patines. Se verifica también que estos objetos actúan como facilitadores en mayor medida en el cuartil (25%) con más recursos, ya que en este estrato el hecho de no tenerlos aumenta el déficit severo de 13,8% a 25,5% -casi el doble-, y en el cuartil inferior de 13,8% a 19,6% (un salto de 5,8%)”.

Esto permite analizar que “el cuartil inferior es menos dependiente del factor bicicleta/patines a la hora de salir a jugar al aire libre. El goce del aire libre en este sector social se ve más afectado por otras cuestiones como puede ser las condiciones en que se encuentra el barrio”. En ese sentido, se observa incluso que el grupo del 25% con menores ingresos que no tiene estos elementos posee un déficit menor de juego al aire libre que el grupo del 25% del estrato más alto que sí los tiene: 46,1% contra 50%.   
Pero a su vez, el “déficit severo” se reduce a niveles equivalente, sin importar diferencias socioeconómicas, cuando los chicos tienen bicis o patines: 13,8%.

El espacio público
“El déficit de espacio público integra en un indicador a quienes residen en barrios contaminados y con carencia de espacios verdes, y donde hay percepción de inseguridad. No se observan diferencias relevantes en los niveles de juego al aire libre entre quienes residen en barrios con estas problemáticas y quienes no: los niveles de déficit se ubican en 46% tanto en los barrios deficitarios -en términos de espacio público- como en los no deficitarios. Sin embargo, cuando se controlan estos factores por el nivel socioeconómico, en el cuartil más bajo sí se exhibe una relación entre el déficit de juego al aire libre y las condiciones del barrio. En este estrato los que residen en barrios deficitarios suelen salir a jugar menos al aire libre (44% de déficit de juego) que sus pares residentes en barrios con condiciones adecuadas (31% de déficit de juego)”, expresa el trabajo.

En cambio, el 25% superior muestra un comportamiento diferente. Dice que “el déficit de juego al aire libre no se encuentra asociado a las condiciones del espacio público. Sin duda, estos datos revelan que el problema del déficit de juego al aire libre en la infancia responde a múltiples causas y no se reduce solamente a las características del hábitat de vida”.

Tecnología Vs. Movimiento
Los hábitos de vida activa se adquieren durante la niñez. El comportamiento activo o sedentario incorporado en los primeros años de vida tiene altas probabilidades de sostenerse como una práctica saludable en el futuro. Entonces, promover el movimiento se convierte en una misión fundamental en la infancia. Más aún en tiempos donde el uso de nuevas tecnologías avanza entre las actividades preferidas de niños y niñas, desplazando los juegos activos y aumentando las prácticas sedentarias.

Las pantallas condicionan las oportunidades de jugar, moverse y experimentar. En nuestro país, según el boletín del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, 5,56 millones de chicos de entre 5 y 17 años, el 61,9% del total, pasa más de dos horas frente a pantallas (televisión, celulares, videojuegos, o computadoras). Esta situación es aún más pronunciada entre los adolescentes (69%) que entre los niños de 5 a 12 años (58,5%). También hay diferente comportamiento según el género, ya que hay más varones (65,9%) que mujeres (59,3%) en esta situación. Otro de los elementos que surgen del estudio, es que la infancia del 25% con menores ingresos tiene una mejor posición relativa que sus pares del 25% superior (58,7% contra 63,6%). Dicho de otro modo, hay más chicos de hogares con mejor posición económica más tiempo del recomendado frente a las pantallas.

El tipo de jornada escolar es un factor influyente en la cantidad de tiempo disponible para destinar a estar frente a pantallas. La evidencia indica que los que asisten a doble turno tienen menor nivel de déficit (52,8%) que quienes asisten a media jornada (63,6%).   Mientras que en los hogares dónde hay videojuegos, aumenta la exposición a pantallas respecto de aquellos que no la tienen: 66,4% contra 61,3%, esto es un 5,1% de diferencia.

Sedentarismo
Sin al menos 60 minutos diarios de movimiento moderado a intenso, el niño, niña o adolescente ingresa en la categoría de “sedentario”. Por sedentarismo se entiende a cualquier comportamiento que tenga un bajo gasto energético, un hecho que surge de moverse menos de 7 horas en la semana, tiempo que se puede dividir en fracciones de 10, 15 o los minutos que se quieran. Vale aclarar que actividad física no es hacer deporte, sino caminar, andar en bici o patines, correr, saltar, jugar, escalar una montaña, treparse a los árboles o nadar.
De acuerdo a las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud de una persona depende en un 55% de su estilo de vida, concretamente de si “es sedentario o activo y saludable”.
Jugar, jugar y jugar

La calidad de vida de los niños y niñas, en su presente y futuro, depende en gran medida de las posibilidades de jugar. Y si al juego se le suma el movimiento, los beneficios crecen aún más. Juego y movimiento son grandes aliados para el desarrollo armónico.   
Por eso es necesario brindarles oportunidades para enriquecer su juego.

Niños y niñas deben poder jugar de manera natural y para hacerlo es importante que tengan a disposición espacios seguros y placenteros.

En general, la desigualdad de oportunidades en el pleno ejercicio del derecho al juego está sujeta a las diferencias socio-económicas de los niños y niñas. Aquellos que pertenecen a sectores sociales con vulneración de derechos tienen menores posibilidades de acceder a ofertas culturales y recreativas. En ese sentido, los Estados pueden encontrar en el juego y la vida activa un vehículo para la inclusión social a través de políticas públicas que fomenten situaciones lúdicas y espacios públicos propicios para jugar, diseñados de acuerdo a las necesidades de la infancia.

Muchas veces, los padres tienden a considerar al juego como algo poco útil y llenan la agenda de sus hijos de actividades extraescolares como el aprendizaje de idiomas, música o deportes. Sin embargo, jugar no tiene que ser una actividad que quede relegada solamente como un momento para perder el tiempo, y mucho menos prohibir el juego como castigo.

A jugar se aprende, y los adultos tienen la responsabilidad de transmitir la cultura del juego. También, es clave que sepan de qué modo acompañar estas oportunidades de diversión. Una de sus tareas es generar espacios y tiempos para que se dé el juego, pero permitiendo que los niños y niñas puedan jugar con libertad. El rol de los grandes es el de guiar, proponer o mediar en caso de desencuentros.

El universo lúdico tiene una gran variedad y riqueza, que depende de los contextos socioculturales e históricos en los que se desarrolle. Por eso, lo más importante es enseñarles desde chiquititos a jugar por jugar: “Una oportunidad para explorar, descubrir, experimentar, probar, inventar, crear, negociar, palpar, en suma, los bordes del riesgo controlado, con la inocente desfachatez que habilita la sensación de estar participando de un acto “inútil”, donde lo verosímil tiene prioridad sobre lo verídico. Si el estímulo aparece desde la primera infancia, entre juegos con murmullos, gestos, mordiscos, risas y besos, el pequeño irá incorporando herramientas  para construir su propia confianza y carácter”.

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